David Copperfield

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–En el colegio, señor –me respondió, mientras se enjugaba el sudor de la frente después de dejar en el suelo el baúl de Peggotty–. Volverá a casa dentro de veinte minutos o de media hora –añadió, mirando el reloj holandés–. Todos la echamos de menos, se lo aseguro.

La señora Gummidge gimió.

–¡Levante ese ánimo, mujer! –exclamó el señor Peggotty.

–Nadie sufre su ausencia tanto como yo –se lamentó la anciana–. Soy una criatura sola y desamparada y la pequeña Emily es la única que no me lleva la contraria.

La señora Gummidge empezó entonces a avivar el fuego, sin dejar de lloriquear y de mover la cabeza. El señor Peggotty nos miró mientras ella seguía atareada.

–¡Es por el viejo! –susurró, llevándose la mano a los labios.

Lo que me permitió deducir, sin temor a equivocarme, que el estado de ánimo de la señora Gummidge no había mejorado desde mi última visita.

La casa conservaba, o al menos así debería haber sido, el encanto de antaño, pero no produjo en mí la misma impresión. Creo que me sentí algo decepcionado; aunque quizá fuera porque la pequeña Emily no se encontraba allí. Como sabía el camino por donde vendría, no tardé en salir a esperarla.


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