David Copperfield

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En seguida apareció a lo lejos la figura de una niña y reconocí a mi pequeña amiga, que, a pesar de haber crecido, seguía siendo muy menuda. Pero cuando se acercó y vi sus ojos, más azules que nunca, y los hoyuelos de su rostro, que parecía aún más radiante, y toda ella más bonita y más alegre, me invadió un sentimiento extraño, que me empujó a fingir que no la conocía y a pasar junto a ella como si estuviera buscando algo en la lejanía. Y, si no me equivoco, no ha sido la única vez que he actuado así en la vida.

A la pequeña Emily no le importó. Me había visto muy bien; pero, en lugar de volverse y llamarme, echó a correr riéndose. Eso me obligó a salir disparado tras ella, pero iba tan deprisa que no logré alcanzarla hasta llegar cerca de la casa.

–¡Ah! ¿Eres tú? –exclamó la niña.

–Ya lo sabías, Emily –respondí yo.

–Y tú, ¿acaso no me habías reconocido?

Iba a darle un beso, pero ella tapó sus labios color de cereza con las manos y dijo que ya no era una chiquilla, y entró corriendo en la casa, riéndose más que nunca.


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