David Copperfield

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Parecía divertirse burlándose de mí, algo que antes no hacía y que ahora me desconcertaba. El té estaba servido en la mesa y nuestro pequeño cajón, en el sitio de siempre; pero, en vez de sentarse a mi lado, Emily se colocó junto a la quejumbrosa señora Gummidge; y cuando el señor Peggotty le preguntó el motivo, escondió el rostro tras sus cabellos despeinados y se limitó a reír.

–¡Es una gatita! –afirmó nuestro anfitrión, acariciándola con su enorme mano.

–¡Sí! ¡Eso es lo que es! –exclamó Ham–. ¡Eso es lo que es, señorito Davy!

Y la contempló regocijado, con una mezcla de admiración y de deleite que encendió sus mejillas.

Lo cierto es que todos mimaban a la pequeña Emily; sobre todo el señor Peggotty, de quien ella podía conseguir cualquier cosa con sólo acercar la carita a los hirsutos pelos de su barba. Ésa era mi opinión, al menos cuando la veía comportarse así; y creo que el señor Peggotty hacía bien. Pero era tan dulce y afectuosa y tenía un modo de ser tan encantador, tímido y atrevido al mismo tiempo, que me cautivó más que nunca.


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