David Copperfield
David Copperfield Era muy compasiva, también; pues, cuando nos sentamos junto a la chimenea, después de tomar el té, y el señor Peggotty recordó la gran pérdida que yo habÃa sufrido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y me miró con tanto cariño desde el otro extremo de la mesa, que me sentà sumamente agradecido.
–¡Ah! –exclamó el señor Peggotty, cogiendo los rizos de la pequeña Emily y dejándolos resbalar por su mano como si fueran agua–. Aquà tiene a otra huérfana, señor. Y aquà –continuó diciendo, al tiempo que daba a Ham un revés en el pecho– a otro huérfano, aunque no lo parezca.
–Si usted fuera mi tutor, señor Peggotty –afirmé, moviendo la cabeza–, creo que no me sentirÃa tan triste.
–¡Bien dicho, señorito Davy! –gritó Ham, entusiasmado–. ¡Hurra! ¡Bien dicho! Por supuesto que no se sentirÃa tan triste.
Y, diciendo esas palabras, devolvió el revés a su tÃo, mientras la pequeña Emily se ponÃa en pie y le daba un beso.
–¿Y cómo está su amigo, señor? –me preguntó el señor Peggotty.
–¿Steerforth?
–¡El mismo! –exclamó, volviéndose hacia Ham–. SabÃa que se apellidaba algo parecido.