David Copperfield
David Copperfield –DecÃa que su nombre era Rudderford –comentó Ham, muerto de risa.
–¡Y bien! –respondió el señor Peggotty–. Steer o Rudder,[16] no andaba muy descaminado.
–Se encontraba muy bien cuando me marché del internado –contesté.
–¡Eso sà que es un amigo! –dijo mi anfitrión, extendiendo la mano que sujetaba la pipa–. ¡Un verdadero amigo! Que el diablo me lleve si no es un placer tenerlo delante.
–Es un joven muy apuesto, ¿verdad? –inquirÃ, dichoso de oÃr sus elogios.
–¿Apuesto? –repitió el señor Peggotty–. Cuando uno lo tiene delante, como si fuera un… un… Aunque no sé con qué compararlo. ¡Y es tan audaz!
–En efecto, asà es su carácter –añadÖ. Valiente como un león, y no pueden imaginar lo leal que es.
–Supongo que a la hora de estudiar, tampoco tendrá rival –dijo el señor Peggotty, mirándome a través del humo de su pipa.
–Está usted en lo cierto –repliqué, encantado–; parece saberlo todo. Es asombrosamente listo.
–¡Eso sà que es un amigo! –repitió el señor Peggotty, moviendo gravemente la cabeza.