David Copperfield
David Copperfield –Es como si nada le costara trabajo –continué–. Le basta ver una cosa, para saber hacerla. Es el mejor jugador de crÃquet del mundo. Y puede cederles todas las piezas que quieran, si juegan con él a las damas, pues les derrotará fácilmente.
El señor Peggotty volvió a mover la cabeza, como diciendo: «Por supuesto que sû.
–Y es tan buen orador –proseguÖ que convence a cualquiera de sus deseos; y si le oyeran cantar…
El señor Peggotty asintió, como si no le cupiese la menor duda.
–Y es un muchacho tan noble y generoso –afirmé, llevado por la emoción– que nuestros elogios siempre se quedarán cortos. Jamás podré agradecerle la generosidad con que me protegió en el internado, a pesar de ser mucho menor y más ignorante que él.
SeguÃa hablando de Steerforth, cada vez más enardecido, cuando mis ojos se posaron en el rostro de la pequeña Emily, que, inclinada sobre la mesa, escuchaba mis palabras con la más profunda atención, conteniendo el aliento, con los ojos brillantes como dos piedras preciosas y las mejillas encendidas. Y al verla tan interesada y tan hermosa, me detuve embelesado; y entonces todos la miraron y rompieron a reÃr.
–Emily es como yo –afirmó Peggotty–, y le gustarÃa conocerlo.