David Copperfield

David Copperfield

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Al darse cuenta de que todos la observábamos, la pequeña Emily bajó la cabeza avergonzada, mientras el rubor cubría su semblante. Y cuando se percató, mirándonos entre sus rizos despeinados, de que seguíamos pendientes de ella (estoy seguro de que, al menos yo, podría haber continuado así durante mucho tiempo), salió corriendo y no apareció hasta casi la hora de acostarnos.

Me eché en mi vieja cama, en la popa del barco, y el viento empezó a gemir sobre el arenal, igual que antaño. Pero ahora yo tenía la sensación de que se lamentaba por los que se habían ido para siempre; y, en vez de imaginar que la marea podía subir durante la noche, llevándose la casa del señor Peggotty, pensé en aquel otro mar embravecido que, desde mi última estancia allí, había arrastrado bajo sus aguas mi hogar feliz. Recuerdo que, cuando el rumor del viento y de las olas empezó a decrecer, añadí una pequeña cláusula a mis plegarias, rogando a Dios que me convirtiera pronto en un hombre para poder casarme con la pequeña Emily, antes de dormirme con el corazón rebosante de amor.





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