David Copperfield

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Los días transcurrieron de forma muy parecida a los de mi viaje anterior; la única diferencia (sin duda muy grande) era que la pequeña Emily y yo apenas paseábamos juntos por la playa. Ella tenía que coser y que estudiar sus lecciones, y estaba ausente la mayor parte del día. Sin embargo, sentía que, si las circunstancias hubieran sido otras, tampoco habríamos deambulado como antes. A pesar de su rebeldía y de sus caprichos infantiles, Emily era más mujercita de lo que yo había imaginado. ¡Parecía haberse distanciado tanto de mí en poco más de un año! Me quería, pero se reía de mí y le gustaba llevarme la contraria. Siempre que salía a esperarla, se escabullía y regresaba a casa por otro camino; y cuando yo volvía, desilusionado, me esperaba riendo junto a la puerta. Los mejores momentos eran aquellos en los que se sentaba plácidamente con su labor, en la entrada de la casa, y yo me colocaba a sus pies, en el escalón de madera, y le leía en voz alta. Es como si jamás hubiera vuelto a ver unas tardes tan luminosas como las de aquel mes de abril; ni a contemplar una figurita tan radiante como la que solía sentarse en la puerta de la vieja barca; ni a tener ante mis ojos un cielo y un mar tan bellos, ni unos barcos tan majestuosos, alejándose con sus velas en medio del dorado crepúsculo.



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