David Copperfield
David Copperfield La forma de cortejar del señor Barkis era, asimismo, bastante singular. Apenas hablaba, y se sentaba junto al fuego en la misma postura que en su carro, sin dejar de mirar a Peggotty, que se colocaba frente a él. Cierta noche, supongo que en un arrebato de amor, se abalanzó sobre el pedacito de cera que ella guardaba para el hilo, lo guardó en el bolsillo de su chaleco y se lo llevó. Desde entonces, su mayor felicidad era sacarlo cuando Peggotty lo necesitaba, aunque estuviera pegado al forro y medio derretido, y volver a guardarlo cuando ya lo había utilizado. Parecía disfrutar muchísimo y no sentirse obligado a decir nada. Ni siquiera cuando paseaba con Peggotty por el arenal; se contentaba con preguntarle de vez en cuando si se encontraba bien de verdad. Y recuerdo que algunas veces, cuando se marchaba, ella se tapaba el rostro con el delantal y se pasaba media hora riendo. Lo cierto es que a todos nos divertía el señor Barkis, en mayor o menor medida, excepto a la señora Gummidge, cuyo noviazgo había sido, al parecer, bastante similar, pues se acordaba constantemente de su viejo marido.