David Copperfield
David Copperfield Se acercaba el final de mi visita cuando nos anunciaron que Peggotty y el señor Barkis cogerían un día libre y Emily y yo les acompañaríamos. Apenas dormí la noche anterior, ante la perspectiva de pasar todo el día con la pequeña Emily. Nos levantamos muy temprano y aún no habíamos terminado de desayunar, cuando vimos al señor Barkis en la lontananza, conduciendo un carruaje hacia el objeto de su amor.
Peggotty llevaba, como siempre, ropa de luto, limpia y sencilla; pero el señor Barkis apareció muy elegante con su nueva chaqueta azul. El sastre la había cortado con tanta generosidad que sus puños habrían permitido prescindir de guantes, incluso en los días más fríos; y el cuello era tan alto que levantaba sus cabellos y se los ponía de punta. Los relucientes botones eran, también, de gran tamaño. Unos pantalones grises y un chaleco de ante acababan de convertir al señor Barkis, en mi opinión, en un modelo de respetabilidad.
Cuando estábamos más nerviosos y alborotados junto a la puerta, vi que el señor Peggotty traía en la mano un zapato viejo, que debía ser lanzado contra nosotros para darnos buena suerte; con ese propósito, se lo ofreció a la señora Gummidge.