David Copperfield
David Copperfield –No, será mejor que lo arroje otra persona, Daniel –dijo la anciana–. No soy más que una criatura sola y desamparada, y todo lo que me recuerda que hay criaturas que no están solas ni desamparadas me contrarÃa.
–Vamos, mujer –exclamó el señor Peggotty–. ¡Coja el zapato y tÃrelo!
–No, Daniel –contestó la señora Gummidge, lloriqueando y moviendo la cabeza–. Si no fuera tan sensible, podrÃa hacerlo. Las cosas no le afectan tanto como a mÃ, Daniel. Nada parece contrariarle ni usted contrarÃa a nadie; será mejor que lo arroje usted.
Pero entonces Peggotty, que habÃa ido de uno a otro, besando a todos, gritó desde el carruaje, donde ya nos habÃamos subido (Emily y yo ocupábamos dos pequeños asientos contiguos), que era la señora Gummidge quien debÃa lanzarlo. Y asà lo hizo; aunque lamento tener que decir que estropeó la alegrÃa de nuestra partida, pues inmediatamente rompió a llorar y se desplomó en brazos de Ham, al tiempo que manifestaba que ya sabÃa que era una carga y que lo mejor serÃa enviarla en seguida al asilo. Me pareció una idea muy buena, que Ham deberÃa haber puesto en práctica.

La señora Gummidge lanza un zapato en el momento de salir