David Copperfield

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Nos pusimos, no obstante, en camino; lo primero que hicimos fue parar delante de una iglesia, donde el señor Barkis, después de atar el caballo a una cerca, entró con Peggotty, dejándonos solos a la pequeña Emily y a mí. Aproveché la ocasión para rodear su talle con mi brazo y proponerle que, puesto que iba a marcharme tan pronto, fuéramos muy cariñosos el uno con el otro y pasáramos un gran día. El hecho de que ella aceptara y me dejara besarla, me infundió valor; y recuerdo que le aseguré que jamás podría amar a otra mujer y que estaba dispuesto a derramar la sangre de cualquiera que aspirase a su afecto.

¡Cuánto se divirtió la pequeña Emily con mis palabras! Y con qué seriedad me dijo, dando por sentado que era mucho mayor y más sabia que yo, que no era más que «un tonto». Después, se echó a reír de un modo tan encantador que, sólo con mirarla, se me olvidó lo que me había dolido su desdeñoso apelativo.

El señor Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo dentro de la iglesia, pero al fin salieron, y entonces nos alejamos de la ciudad. De camino, el señor Barkis se volvió hacia mí y me preguntó, guiñando un ojo (dicho sea de paso, jamás le hubiera creído capaz de realizar semejante gesto):

–¿Recuerda qué nombre escribí en el carromato?

–Clara Peggotty –respondí.


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