David Copperfield

David Copperfield

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Nos dirigimos a una pequeña posada en un camino vecinal, donde esperaban nuestra llegada; y allí nos dieron una comida suculenta y pasamos una jornada muy feliz. Peggotty estaba tan tranquila, como si llevase diez años celebrando su boda todos los días. Parecía la misma de siempre, y salió a dar un paseo con Emily y conmigo justo antes del té, mientras el señor Barkis fumaba filosóficamente su pipa y se entretenía, supongo, meditando sobre su felicidad. Y eso le abrió el apetito; pues recuerdo con claridad que, a pesar de haber devorado al mediodía una generosa ración de cerdo con verduras, además de uno o dos pollos, tuvieron que servirle tocino frío con el té; y lo cierto es que engulló un buen pedazo sin inmutarse.

A menudo he pensado, desde entonces, en lo extraña, inocente y fuera de lo común que debió de ser aquella boda. Nada más anochecer, subimos al carruaje y volvimos tranquilamente a casa, contemplando las estrellas y convirtiéndolas en el centro de nuestra conversación. Yo era quien más hablaba y mis conocimientos abrieron nuevos horizontes al señor Barkis. Le expliqué cuanto sabía, pero él habría creído cualquier cosa que yo le dijera, pues sentía un profundo respeto por mi inteligencia, e incluso oí cómo le aseguraba a su mujer que yo era «un joven Roscius»;[17] creo que con ello quería decir que era un prodigio.


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