David Copperfield

David Copperfield

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Cuando agotamos el tema de las estrellas, o para ser más exactos, cuando hube agotado las facultades intelectuales del señor Barkis, la pequeña Emily y yo nos cubrimos con una vieja manta, que nos sirvió de abrigo el resto del camino. ¡Ah, cómo la amaba! ¡Qué feliz sería (pensaba yo) si estuviéramos casados y pudiéramos vivir juntos en algún lugar! Entre los árboles, en medio del campo, sin envejecer jamás, sin aprender nada nuevo, siempre niños, caminando de la mano bajo el sol, a través de prados floridos, apoyando nuestras cabezas en el musgo, al caer la noche, y entregándonos a un sueño muy dulce, repleto de paz y de pureza, hasta el momento en que los pájaros nos enterraran, después de nuestra muerte. Aquellas imágenes, tan irreales, ocuparon mi pensamiento durante todo el trayecto, iluminadas por la luz de nuestra inocencia y tan difusas como las lejanas estrellas. Me alegra pensar que en la boda de Peggotty hubo dos corazones tan candorosos como el de la pequeña Emily y el mío. Me alegra pensar que los Amores y las Gracias adoptaron tan etéreas formas en su modesto cortejo.






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