David Copperfield
David Copperfield Llegamos, así, a nuestra vieja gabarra a la hora prevista; y allí el señor y la señora Barkis se despidieron de nosotros y se marcharon juntos a su casa. Fue entonces cuando sentí, por primera vez, que había perdido a Peggotty. Habría sido profundamente desgraciado al acostarme si no hubiera estado bajo el mismo techo que la pequeña Emily.
El señor Peggotty y Ham sabían muy bien cómo me sentía y, para ahuyentar mi tristeza, nos recibieron con rostro hospitalario y la cena preparada. La pequeña Emily se sentó a mi lado en el cajón; y aquélla fue la única vez que lo hizo durante mi estancia, un maravilloso colofón para un maravilloso día.
Era noche de marea; y, nada más acostarnos, el señor Peggotty y Ham salieron a pescar. Me sentí muy orgulloso de quedarme solo, en una casa tan apartada, como único protector de Emily y de la señora Gummidge; y deseé que un león, una serpiente o cualquier monstruo maligno nos atacara, a fin de poder destruirlo y cubrirme de gloria. Pero como aquella noche no paseaba por el arenal de Yarmouth ningún animal de esas características, me contenté con ver dragones en mis sueños hasta que empezó a rayar el día.