David Copperfield
David Copperfield Con la mañana llegó Peggotty; y me llamó por la ventana, como de costumbre, como si el señor Barkis, el carretero, hubiese sido un sueño desde el principio hasta el fin. Después del desayuno, me acompañó a su nuevo hogar, que era pequeño, pero muy bonito. De todos sus muebles, el que más me impresionó fue un viejo escritorio de madera oscura que había en la sala (la cocina, embaldosada, era el lugar habitual de reunión), cuya parte superior se abatía y quedaba convertida en un pupitre; dentro de él había una edición en cuarto del Libro de los mártires de Fox.[18] En cuanto descubrí este valioso volumen, del que no recuerdo ni una sola palabra, me puse a leerlo; y siempre que volvía a aquella casa, me arrodillaba en una silla para abrir el estuche que guardaba semejante joya, apoyaba mis brazos en el pupitre y continuaba devorando sus páginas. Sospecho que lo que más me atraía eran sus numerosas ilustraciones, que representaban las atrocidades más terribles; y los mártires y el hogar de Peggotty quedaron para siempre unidos en mi memoria.
Me despedí del señor Peggotty, de Ham, de la señora Gummidge y de la pequeña Emily ese mismo día; y pasé la noche en casa del señor Barkis, en una pequeña buhardilla (el libro de los cocodrilos estaba en un estante, junto a la cabecera de la cama). Peggotty me dijo que aquel cuartito siempre sería mío y que ella se encargaría de que todo siguiera como estaba.