David Copperfield
David Copperfield –Joven o vieja, querido Davy, mientras yo viva y tenga este techo sobre mi cabeza –exclamó Peggotty–, lo encontrará igual que si esperara su llegada de un momento a otro. Lo limpiaré todos los dÃas, como hacÃa con su pequeño dormitorio, tesoro mÃo; y puede estar seguro de que, aunque se fuera a la China, yo lo conservarÃa asà de reluciente durante toda su ausencia.
La nobleza y la fidelidad de mi vieja niñera me llegaron al alma y le di las gracias lo mejor que pude. Pero soy consciente de que no lo hice demasiado bien, pues ella me abrazó y me dijo esas palabras por la mañana… y era la misma mañana en que yo tenÃa que regresar a casa. El señor Barkis y Peggotty me condujeron allÃ, y me dejaron en la entrada del jardÃn, no sin esfuerzo y con el corazón encogido. Y fue extraño ver cómo el carromato se alejaba, llevándose a Peggotty, mientras yo me quedaba solo, bajo los gigantescos olmos, frente a una casa donde nadie volverÃa a mirarme con ternura o con afecto.
Y caà entonces en un estado de abandono que no puedo recordar sin sentir lástima. Mi soledad era tan completa –alejado de mis amistades, privado de la compañÃa de otros muchachos de mi edad, abandonado a mis tristes pensamientos– que todavÃa hoy, mientras escribo, parece arrojar su sombra sobre este papel.