David Copperfield
David Copperfield Recuerdo nuestro banco de la iglesia. ¡Y qué alto es su respaldo! Está cerca de una ventana desde la que se divisa nuestra casa; y Peggotty mira a menudo hacia allí durante el servicio de la mañana, pues quiere asegurarse de que nadie entra a robar y de que no se ha incendiado. A pesar de que ella aparta los ojos del pastor, se enfada si yo sigo su ejemplo y me hace señas con el ceño fruncido para que no le quite los ojos de encima. Pero a veces me resulta imposible; le conozco cuando no lleva esa extraña prenda blanca encima, y temo que no comprenda por qué le miro sin pestañear e incluso detenga la misa para averiguarlo. ¿Y qué puedo hacer? Es horrible bostezar, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Miro a mi madre, pero ella finge no darse cuenta. Miro a un niño que está en la nave lateral, y él empieza a hacerme muecas. Miro los rayos de sol que entran a través del pórtico, y veo una oveja descarriada –y no me refiero a un pecador sino a un cordero–, dispuesta a entrar en la iglesia. Tengo la sensación de que, si continúo mirándola, se me escapará algo en voz alta, y ¿qué pasaría entonces conmigo? Levanto los ojos hacia las enormes lápidas que hay en el muro de la iglesia e intento pensar en el difunto señor Bodgers, miembro de la parroquia, y en el dolor de la señora Bodgers cuando, después de una larga y penosa enfermedad, los médicos fueron incapaces de salvar a su marido. Y me pregunto si recurrieron al señor Chillip y tampoco sirvió de nada; en ese caso, ¿le gustará que se lo recuerden una vez a la semana? Dirijo mi mirada desde el señor Chillip, con su corbata de los domingos, hasta el púlpito, y pienso cuánto me gustaría jugar allí; sería un magnífico castillo y, cuando otro niño subiera por la escalera para atacarlo, le tiraría a la cabeza el cojín de terciopelo con borlas. Poco a poco, mis ojos se van cerrando. Me parece oír los cánticos soporíferos del reverendo en medio del calor; y luego reina el silencio hasta que me caigo del banco con estrépito, y Peggotty me saca de la iglesia más muerto que vivo.