David Copperfield

David Copperfield

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Veo la fachada de nuestra casa: las ventanas de los dormitorios abiertas para que entre el aire fresco y perfumado a través de sus celosías, y los viejos y destrozados nidos de los grajos que se mecen en las ramas de los olmos, al fondo del jardín. Ahora estoy en el huerto de la parte trasera, más allá del patio donde se encuentran el palomar sin palomas y la caseta de perro vacía. Es un lugar lleno de mariposas, con una valla muy alta y una puerta con candado; en sus árboles crecen los frutos más maduros y sabrosos que uno pueda imaginar, y mi madre los recoge en su cesta, mientras yo la acompaño comiendo grosellas a escondidas, tratando de disimular. Se levanta un fuerte viento y el verano parece desvanecerse en unos segundos. Jugamos a la luz del crepúsculo invernal, y bailamos en el gabinete. Cuando mi madre se queda sin aliento y se sienta a descansar, enrosca sus hermosos rizos alrededor de sus dedos y yergue el talle; y nadie sabe tan bien como yo cuánto le gusta tener buen aspecto y cuánto le enorgullece ser tan bonita.

Ése es uno de mis primeros recuerdos; así como la impresión de que mi madre y yo sentíamos cierto temor ante Peggotty y respetábamos casi siempre su autoridad. Y creo que ésas fueron las primeras conclusiones –si pueden llamarse así– que saqué de cuanto me rodeaba.


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