David Copperfield
David Copperfield Peggotty y yo estábamos una noche sentados junto a la chimenea, los dos solos. Yo le habÃa estado leyendo en voz alta una historia sobre cocodrilos.[6] Debà hacerlo con mucha claridad, o la buena mujer estaba muy interesada en estos animales, pues recuerdo que, cuando acabé la lectura, Peggotty tenÃa la vaga impresión de que eran una especie de hortalizas. Estaba cansado de leer y me caÃa de sueño, pero como tenÃa permiso para esperar despierto a mi madre –algo verdaderamente excepcional–, que pasaba la velada en casa de una vecina, habrÃa preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama. Estaba tan dormido que Peggotty parecÃa una figura gigantesca. Mantuve los párpados abiertos con la ayuda de mis dedos y la miré, perseverante, mientras ella continuaba sus labores. Me fijé en el pedacito de cera que guardaba para su hilo, ¡parecÃa tan viejo y torcido!; en la pequeña cabaña donde guardaba la cinta para medir; en el costurero, en cuya tapa aparecÃa pintada una catedral de Saint Paul con la cúpula rosa; en el dedal de cobre que llevaba en su dedo; en la propia Peggotty, tan encantadora para mÃ. TenÃa tanto sueño que estaba convencido de que si dejaba de mirar todo aquello, aunque sólo fuera un instante, estarÃa perdido.
–Peggotty –exclamé de repente–, ¿te has casado alguna vez?
–¡Santo Dios! –respondió ella–. ¿Cómo se le ha ocurrido semejante idea, señorito Davy?