David Copperfield

David Copperfield

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El reloj del despacho marcaba las doce y media y la gente se preparaba para salir a almorzar, cuando el señor Quinion golpeó en el cristal y me hizo señas para que fuera a verlo. Al entrar en su oficina, encontré a un caballero de mediana edad, más bien corpulento, que vestía un sobretodo marrón, unos pantalones negros bastante ajustados y unos zapatos oscuros; y tenía menos cabellos en la cabeza (enorme y muy brillante) que un huevo. El desconocido volvió su ancho rostro hacia mí. Su ropa estaba vieja y desgastada, pero lucía un espectacular cuello de camisa. Tenía un elegante bastón, del que colgaban dos borlas ajadas, y un monóculo por fuera de su chaqueta; aunque, según me enteré después, sólo era un adorno, pues rara vez lo utilizaba y, cuando lo hacía, no veía nada en absoluto.

–He aquí al muchacho –dijo el señor Quinion, señalándome.

–Así que éste es el señor Copperfield –exclamó el desconocido, con cierta condescendencia en su voz, y adoptando el aire, difícil de describir, de persona muy distinguida (que me impresionó sobremanera)–. ¿Cómo está, caballero?

Le contesté que muy bien, y que esperaba que también él lo estuviera. Sabe Dios que me encontraba bastante mal; pero en aquella época de mi vida, no tenía por costumbre quejarme, de modo que le dije que estaba muy bien y que esperaba que también él lo estuviera.


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