David Copperfield

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Cuando llegamos a Windsor Terrace (cuyo aspecto me pareció tan desastroso y, al mismo tiempo, tan extravagante como el propio señor Micawber), me presentó a su mujer, una dama delgada y marchita, nada joven, que lo esperaba sentada en la sala, amamantando a un bebé (el primer piso carecía de muebles, y las persianas estaban bajadas para engañar al vecindario). Este niño era uno de los gemelos; y he de señalar aquí que, mientras viví con esa familia, rara vez vi a los dos pequeños separados al mismo tiempo de la señora Micawber. Siempre había uno de ellos alimentándose.

Tenían otros dos hijos: el señorito Micawber, de unos cuatro años de edad, y la señorita Micawber, de alrededor de tres. Completaba el cuadro familiar una criada joven y morena, que acostumbraba a resoplar; no había transcurrido ni media hora desde mi llegada y ya me había informado de que era huérfana y de que procedía del hospicio de San Lucas. Mi dormitorio estaba en el último piso, en la parte trasera de la casa: una habitación mal ventilada, con escaso mobiliario y las paredes recubiertas de un papel en el que mi imaginación infantil veía infinidad de pequeños bizcochos azules.




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