David Copperfield
David Copperfield –Lo que yo opino, señorito Davy –repuso Peggotty, apartando de mà su mirada tras unos instantes de vacilación y reanudando sus labores–, es que nunca me he casado ni espero hacerlo. Es todo cuanto puedo decir sobre el asunto.
–¿Estás enfadada conmigo? –le pregunté, después de unos momentos de silencio.
Yo tenÃa el convencimiento de que sà lo estaba, ¡su contestación habÃa sido tan seca! Sin embargo, me equivocaba, pues ella dejó de zurcir (una de sus medias) y, abriendo los brazos, cogió mi cabeza llena de rizos y la estrechó con fuerza. Y sé que me abrazó con toda el alma porque, al ser una mujer rolliza, siempre que hacÃa algún esfuerzo se le saltaba alguno de los botones de la espalda; y recuerdo que aquella noche dos de ellos salieron disparados hasta el otro extremo de la sala.
–Y ahora léame un poco más sobre los crocrodilos –me pidió Peggotty, que aún no habÃa aprendido bien su nombre–, quiero saber más cosas de ellos.