David Copperfield
David Copperfield Yo no acertaba a comprender por qué se comportaba de un modo tan extraño y tenía tantas ganas de volver a los cocodrilos. Regresamos, no obstante, con esos monstruos, ahora que yo estaba bien despierto, y dejamos sus huevos en la arena para que el sol ayudara a las crías a romper el cascarón; y huimos de ellos, y los hostigamos dando vueltas constantes a su alrededor, algo que ellos no podían hacer con rapidez debido a su peso y a su escasa flexibilidad; y los perseguimos dentro del agua, como los indígenas, y clavamos afiladas estacas en sus gargantas. Para no extenderme más, diré que corrimos toda clase de aventuras. Al menos yo; aunque tengo mis dudas de que Peggotty también lo hiciera, pues estaba muy pensativa y se pinchaba continuamente con la aguja en los brazos y en la cara.
Habíamos pasado de los cocodrilos a los caimanes cuando sonó la campanilla del jardín. Salimos a abrir, y allí estaba mi madre, más bonita que nunca, o eso me pareció, al lado de un caballero de largas patillas y cabello negro, que ya nos había acompañado a casa el domingo anterior, a la salida de la iglesia.
Cuando mi madre se detuvo en el umbral para cogerme en sus brazos y besarme, el caballero exclamó que yo era más afortunado que un rey, o algo parecido; pues soy consciente de que, en este caso, conocimientos posteriores me sirven de ayuda.