David Copperfield
David Copperfield –¿Qué quiere decir con eso? –le pregunté, por encima del hombro de mi madre.
El caballero me dio unas palmaditas en la cabeza; pero no sé por qué motivo no me gustaron ni él ni su voz grave, y sentà celos de que, al tocarme, rozara con su mano a mi madre, tal como ocurrió. Aparté su mano con brusquedad.
–¡David! –me reprochó mi madre.
–¡Querido pequeño! –exclamó el caballero–. No me sorprende que sienta tanta adoración por usted.
Jamás habÃa visto resplandecer el rostro de mi madre como entonces. Me reprendió con cariño; y, envolviéndome en su chal, agradeció al caballero que se hubiera molestado en acompañarla a casa. Le ofreció la mano mientras hablaba y, cuando él la estrechó, sentà su mirada puesta en mÃ.
–Démonos las buenas noches, pequeño –dijo el caballero, después de inclinarse para rozar con los labios (¡lo vi con mis propios ojos!) el guante de mi madre.
–¡Buenas noches! –exclamé.
–Vamos a ser los mejores amigos del mundo –afirmó riendo–. ¡Estrechémonos las manos!
Yo tenÃa la mano derecha entre las de mi madre, asà que le tendà la otra.
–Ésa no, David –dijo riéndose de nuevo.