David Copperfield
David Copperfield Mi madre empujó suavemente mi mano derecha, pero yo estaba decidido a no dársela, y no se la di. Le tendí la izquierda y él la estrechó con cordialidad, afirmando, antes de marcharse, que yo era un niño muy valiente.
Todavía me parece estar viendo cómo se volvía hacia nosotros en la puerta del jardín y nos dirigía una última mirada con sus ojos negros de mal agüero.
Peggotty, que no había abierto la boca ni movido un solo dedo, se apresuró a echar el cerrojo y los tres nos dirigimos al gabinete. Mi madre, en lugar de sentarse en el sillón junto a la chimenea, tal como era su costumbre, se quedó en el otro extremo de la estancia y empezó a tararear una canción.
–Espero que lo haya pasado bien esta noche, señora –dijo Peggotty desde el centro de la habitación, con la figura muy erguida y una vela en la mano.
–Muchas gracias, Peggotty –respondió alegremente mi madre–; lo cierto es que lo he pasado muy bien.
–Siempre es un cambio agradable conocer a una persona nueva –insinuó Peggotty.
–En efecto, un cambio muy agradable –repuso mi madre.