David Copperfield
David Copperfield Me quedé dormido mientras Peggotty seguÃa inmóvil en el centro del gabinete y mi madre reanudaba sus canturreos; pero mi sueño no era tan profundo como para impedirme oÃr sus voces, aunque no prestara atención a sus palabras. Cuando desperté de aquella incómoda duermevela, encontré a Peggotty y a mi madre hablando entre sÃ, deshechas en llanto.
–Al señor Copperfield no le habrÃa gustado alguien como él –dijo Peggotty–. PodrÃa jurarlo.
–¡Santo Dios! –exclamó mi madre–. Acabarás volviéndome loca. No creo que exista ninguna joven a la que sus criados maltraten tanto como a mÃ. Pero ¿por qué cometo la injusticia de llamarme a mà misma joven? ¿Acaso no he estado ya casada, Peggotty?
–Bien sabe Dios que es cierto, señora –replicó ésta.
–Entonces ¿cómo te atreves…? Pero no, no es eso, Peggotty… ¿Cómo puedes ser tan cruel y decirme esas cosas, sabiendo que fuera de esta casa no tengo un solo amigo a quien pedir consejo?
–Razón de más para decirle que no saldrá bien –repuso Peggotty–. ¡No, no saldrá bien! No debe usted aceptar por nada del mundo.
Y la buena mujer movÃa con tanta vehemencia el candelero que pensé que iba a tirarlo.