David Copperfield
David Copperfield –¡Cómo puedes ser tan injusta conmigo! –dijo mi madre, llorando con más fuerza que antes–. ¿Por qué hablas como si todo estuviera ya decidido, cuando te he dicho una y mil veces que entre nosotros sólo ha existido la cortesÃa más elemental? Hablas de admiración. ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Acaso tengo la culpa de que la gente sea tan necia como para dejarse llevar por ese sentimiento? Dime, ¿qué puedo hacer? ¿Te gustarÃa que me afeitase la cabeza y que me pintase de negro la cara? ¿Que me desfigurara con fuego, con agua hirviendo, o que hiciera algo semejante? Creo que sà te gustarÃa, Peggotty. Casi me atrevo a decir que te alegrarÃas.
Tuve la sensación de que Peggotty se tomaba muy a pecho esas acusaciones.
–Y mi pobre hijito –sollozó mi madre, acercándose al sillón para acariciarme–, mi pequeño Davy. ¿Cómo puede insinuar alguien que no quiero lo bastante a mi tesoro, el niño más maravilloso que ha existido jamás?
–Nadie ha querido decir eso –aseguró Peggotty.