David Copperfield
David Copperfield –¡Tú lo has hecho, Peggotty! –exclamó mi madre–. Y tú lo sabes. ¿Qué otra cosa puede deducirse de tus palabras, mujer ingrata? ¿Acaso no sabes tan bien como yo que, al recibir mi último trimestre de renta, sólo por él no he querido comprarme una sombrilla nueva, aunque la verde esté raÃda y tenga el borde deshilachado? Sabes que es cierto, Peggotty. No puedes negarlo.
Se volvió entonces hacia mà y apretó tiernamente su mejilla contra la mÃa.
–¿Te parezco poco cariñosa, cruel, egoÃsta, Davy? ¿Soy una mala madre? Di que lo soy, hijo mÃo; di que sà y tendrás el cariño de Peggotty, que es mucho más valioso que el mÃo. Yo no te quiero nada, ¿verdad, Davy?
Al llegar a ese punto, los tres empezamos a llorar. Creo que fui el que lo hice con mayor escándalo, aunque estoy seguro de que todos éramos igual de sinceros. Yo estaba desconsolado, y temo que en un primer arrebato de amor herido llamé «bruta» a Peggotty. Recuerdo que aquella bondadosa criatura estaba profundamente abatida, y lo cierto es que en esa ocasión debió quedarse sin botones, pues éstos salieron disparados como balines cuando, después de reconciliarse con mi madre, se arrodilló junto al sillón para abrazarme.