David Copperfield
David Copperfield Nos fuimos a la cama desconsolados. Mis sollozos me tuvieron mucho tiempo despierto; y, cuando un gemido más fuerte que los demás me obligó a incorporarme, vi a mi madre sentada encima de la cama, inclinándose hacia mÃ. Me quedé profundamente dormido entre sus brazos.
Soy incapaz de recordar si volvà a ver al caballero el domingo siguiente o transcurrió más tiempo antes de que reapareciera en nuestra vida. No pretendo ser exacto con las fechas. Pero allà estaba, en la iglesia, y después nos acompañó a casa. Entró para admirar un maravilloso geranio que tenÃamos en la ventana del salón. No me pareció que le interesara demasiado, pero antes de marcharse pidió a mi madre que le regalara una de sus flores. Ella le rogó que la eligiese él mismo, pero el caballero rehusó –lo cierto es que no comprendà el motivo–, asà que fue mi madre quien la cogió y la puso en su mano. Él dijo que jamás se desharÃa de ella; y yo pensé que debÃa ser muy ignorante por no saber que en un dÃa o dos se marchitarÃa.