David Copperfield
David Copperfield Peggotty empezó a pasar menos tiempo con nosotros por las noches. Mi madre se mostraba muy condescendiente con ella, incluso más que en el pasado –o eso me parecÃa–, y los tres seguÃamos siendo excelentes amigos; pero algo habÃa cambiado y ya no lo pasábamos tan bien juntos. A veces tenÃa la sensación de que a Peggotty no le gustaba que mi madre se pusiera los hermosos vestidos que guardaba en su cómoda, ni que visitara con tanta frecuencia a nuestra vecina; pero, afortunadamente para mÃ, no lograba comprender la causa.
Poco a poco me fui acostumbrando a ver al caballero de las patillas negras. SeguÃa sin gustarme y continuaba teniendo celos de él; pero si habÃa alguna razón para ello, aparte de la antipatÃa instintiva de un niño y de la vaga idea de que Peggotty y yo no necesitábamos a nadie más para hacer feliz a mi madre, seguro que era muy diferente de la que yo habrÃa encontrado si hubiera tenido más años. Ni se me pasó por la cabeza una idea asÃ. Yo podÃa observar las pequeñas cosas que ocurrÃan a mi alrededor, pero era incapaz de unir las piezas de aquel rompecabezas.