David Copperfield

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Una mañana de otoño estaba en el jardín de delante con mi madre cuando el señor Murdstone –ahora le conocía por ese nombre– pasó a caballo. Se detuvo a saludarnos y explicó que se dirigía a Lowestoft a visitar a unos amigos que se encontraban a bordo de un yate; propuso alegremente montarme en la silla, delante de él, si quería acompañarlo.

Hacía un día tan bonito y el caballo parecía tan alegre y excitado con el paseo, relinchando y piafando sin cesar junto a la puerta del jardín, que sentí un gran deseo de ir. Me enviaron, así, al piso de arriba para que Peggotty me vistiera adecuadamente; entretanto, el señor Murdstone desmontó y, pasando la brida por encima de su brazo, caminó lentamente arriba y abajo, al otro lado del seto de eglantina, mientras mi madre le acompañaba por dentro del jardín. Peggotty y yo nos asomamos a mi pequeña ventana para verlos; y recuerdo la atención con que los dos miraban el seto de eglantina que los separaba, sin dejar de andar; y cómo Peggotty, que hasta entonces había estado de un humor angelical, pareció de pronto muy irritada y me cepilló el pelo con brusquedad.




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