David Copperfield
David Copperfield El señor Murdstone y yo no tardamos en salir, y fuimos trotando por el césped que crecía junto al camino. Me sujetaba hábilmente con un brazo y, aunque yo estaba bastante tranquilo, no podía resistir la tentación de ir sentado delante de él sin volver de vez en cuando la cabeza para observarlo. Sus ojos eran negros y carecían de profundidad; pues no encuentro mejor modo de describir esa clase de mirada que, cuando no fija su atención en algo, debido quizá a alguna peculiaridad de la luz, parece tornarse estrábica. En varias ocasiones, percibí con temor esa expresión en su rostro, y me intrigó saber por qué se hallaría tan absorto. Su cabellera y sus patillas, vistas de cerca, eran aún más oscuras y abundantes de lo que había imaginado. Su mandíbula cuadrada y la sombra de su hirsuta barba negra, que afeitaba concienzudamente a diario, trajeron a mi memoria las figuras de cera que medio año antes habían pasado por nuestro vecindario. Todos esos detalles, unidos a la regularidad de sus cejas y a los ricos tonos blancos, negros y rojizos de su tez –¡maldita sea ésta y maldita sea su memoria!– me indujeron a creer, a pesar de todos mis recelos, que era hombre muy apuesto. Y no cabe la menor duda de que mi pobre y querida madre pensaba lo mismo.