David Copperfield
David Copperfield Llegamos a un hotel, a orillas del mar, donde dos caballeros fumaban cigarros, solos en una habitación. Cada uno de ellos se habÃa tendido en al menos cuatro sillas, y los dos vestÃan una amplia chaqueta de paño basto. En una esquina habÃa un montón de abrigos, capas marineras y una bandera, en una especie de fardo.
Cuando nos vieron entrar, se dieron la vuelta con desgana para ponerse en pie.
–¡Hola, Murdstone! –exclamaron–. CreÃamos que habÃa muerto.
–TodavÃa no –dijo el señor Murdstone.
–¿Y quién es ese mocoso? –preguntó uno de los desconocidos, agarrándome.
–Es Davy –repuso el señor Murdstone.
–¿Davy qué? –quiso saber el caballero–. ¿Davy Jones?
–Copperfield –aclaró el señor Murdstone.
–¿Cómo dice? ¿El lastre de la encantadora señora Copperfield? –inquirió el caballero–. ¿La hermosa viudita?
–Cuidado, Quinion, se lo ruego –dijo el señor Murdstone–. Hay alguien muy listo por aquÃ.
–¿A quién se refiere? –insistió el caballero riendo.
Me apresuré a levantar los ojos hacia él, pues tenÃa curiosidad por saberlo.