David Copperfield

David Copperfield

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–El pobre diablo que tiene delante –concluyó.

–¡Mi querido Micawber! –protestó su mujer.

–Sí, el pobre diablo que tiene delante –repitió mi amigo, olvidándose de sí mismo y volviendo a sonreír–. Mi consejo es que no deje para mañana lo que pueda hacer hoy. Cualquier demora es un robo a su tiempo. ¡Y hay que echarle bien el guante!

–¡Era la máxima de mi pobre papá! –señaló la señora Micawber.

–Querida –dijo su marido–, tu papá era casi perfecto en su estilo, y Dios me libre de criticarlo. En todo y por todo, jamás conoceremos a un hombre de su edad que pueda seguir llevando polainas y sea capaz de leer la letra impresa sin anteojos. Pero aplicó esa máxima a nuestro matrimonio, querida; y nos casamos con tanta precipitación que aún no me he recuperado de aquel gasto. –El señor Micawber miró de soslayo a su mujer y añadió–: Y no es que me arrepienta de ello, mi amor. Todo lo contrario. –Una vez aclarado este punto, se quedó unos momentos muy serio–. Ya conoce mi otro consejo, Copperfield –prosiguió–. Si sus ingresos anuales son de veinte libras, gaste diecinueve libras, diecinueve chelines y seis peniques: será un hombre feliz. No gaste veinte libras y seis peniques: será muy desdichado. La flor se marchita, la hoja se seca, el Dios del día desciende sobre la lúgubre escena y… en una palabra, usted se hunde para siempre. ¡Al igual que yo!


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