David Copperfield
David Copperfield Cerca del Obelisco, en Blackfriars Road, habÃa un joven zanquilargo con un pequeño carro vacÃo tirado por un burro. Al pasar junto a él, mi mirada se cruzó con la suya. Aludiendo sin duda al modo en que lo habÃa observado, me preguntó si lo reconocerÃa si volvÃa a verlo en el juzgado. Me detuve para decirle que no lo habÃa hecho por mala educación, sino porque pensaba que tal vez le interesara un trabajo.
–¿Qué trabajo? –quiso saber el joven zanquilargo.
–Trasladar un baúl –respondÃ.
–¿Qué baúl? –inquirió.
Le contesté que el mÃo, que estaba al final de aquella calle; y que querÃa que lo llevara a la diligencia de Dover por seis peniques.
–¡Trato hecho! –exclamó, subiéndose al carro, que no era más que un enorme cajón de madera sobre ruedas.
Y se alejó traqueteando a tal velocidad que a duras penas logré seguir el paso de su burro.