David Copperfield

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El aire insolente de aquel joven y, especialmente, el modo en que mascaba briznas de paja mientras hablaba, me desagradaron; pero, como había cerrado el trato, lo llevé a la habitación que me disponía a abandonar, y entre los dos bajamos el baúl y lo pusimos en el carro. Todavía no quería colocar la etiqueta con la dirección, por temor a que algún miembro de la familia de mi casero pudiese descubrir lo que tramaba y me detuviera; por ese motivo, le dije al joven que me gustaría que hiciese un alto cuando llegara al viejo muro de la cárcel de King’s Bench. Apenas hube pronunciado estas palabras, volvió a alejarse traqueteando como si mi baúl, el carro y el burro se hubieran vuelto locos; y, cuando lo alcancé en el lugar acordado, llegué sin aliento de tanto llamarlo y correr tras él.

Estaba tan rojo y excitado que, al sacar la etiqueta del bolsillo, se me cayó la media guinea al suelo. Como medida de precaución, me la puse en la boca y, aunque me temblaban mucho las manos, logré colocar la dirección como quería; fue entonces cuando sentí que el joven zanquilargo me golpeaba la barbilla, y vi cómo mi media guinea pasaba de mi boca a su mano.

–¿Qué es esto? –dijo el joven, agarrándome por el cuello de la camisa con una horrible mueca–. Seguro que a la Policía le interesa… Piensa fugarse, ¿no? Vamos, pequeño granuja, ¡a la comisaría!


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