David Copperfield
David Copperfield Corrí tras él, tan rápido como pude, pero me quedé sin aliento para llamarle y, de no haber sido así, tampoco me hubiese atrevido a hacerlo. Estuve a punto de ser atropellado, al menos veinte veces en media milla. Lo perdía de vista, volvía a verlo, lo perdía de nuevo, recibía un latigazo, alguien me gritaba, me caía en el barro, me levantaba, chocaba con otro transeúnte, me daba contra un poste… Finalmente, aturdido por el calor y por el miedo, convencido de que medio Londres había salido a la calle para capturarme, dejé que el joven se marchara donde le viniese en gana con mi baúl y mi dinero; y, jadeando y llorando, pero sin detenerme jamás, di media vuelta y me encaminé hacia Greenwich, que, según tenía entendido, estaba en la carretera de Dover. Y, al dirigirme al lugar de retiro de mi tía, la señorita Betsey, apenas llevaba encima algo más que la noche en que mi llegada al mundo tanto la ofendió.