David Copperfield
David Copperfield La señorita Betsey era una mujer alta y de facciones duras, aunque en absoluto desagradables. Había cierta firmeza en su rostro, en su voz, en sus gestos y en su modo de andar, que explicaba el efecto que había causado en una criatura tan dulce como mi madre; pero sus rasgos eran más bien hermosos, aunque austeros y poco afables. Sus ojos expresivos y brillantes llamaron poderosamente mi atención. Sus cabellos grises estaban peinados con una raya al medio, bajo una especie de cofia; me refiero a un tocado que entonces se veía con más frecuencia que ahora, con dos cintas laterales que se ataban por debajo de la barbilla. Su vestido, del color de la lavanda, estaba impecablemente limpio; y era muy sencillo, como si mi tía deseara estar lo más cómoda posible. Me acuerdo de que, por su forma, me pareció más bien un traje de amazona, al que hubieran quitado la falda superior. Llevaba en un costado un reloj de oro de caballero, a juzgar por el tamaño y la hechura, con su correspondiente cadena; el cuello y los puños se asemejaban a los de una camisa de hombre.