David Copperfield
David Copperfield El señor Dick, tal como he dicho antes, tenía los cabellos grises y las mejillas sonrosadas; con estas palabras habría terminado de describirlo, si no hubiera llevado la cabeza curiosamente inclinada (no por la edad; me recordaba a los muchachos del señor Creakle después de recibir una paliza). Además, sus ojos grises, grandes y saltones, tenían un extraño brillo acuoso que, en combinación con su expresión distraída, su sumisión a mi tía y su alegría infantil cuando ésta lo elogiaba, me hicieron sospechar que estaba un poco loco; aunque, de ser así, me intrigaba mucho su presencia en aquella casa. Vestía como cualquier caballero corriente, una amplia chaqueta gris de mañana y unos pantalones blancos, y guardaba el reloj en un pequeño bolsillo del chaleco; recuerdo que hacía tintinear su dinero como si estuviera muy orgulloso de tenerlo.
Janet era una muchacha muy bonita, de diecinueve o veinte años de edad, sumamente pulcra y aseada. Aunque en aquellos momentos no me percaté de nada más, puedo decir aquí lo que descubrí más tarde: que era una más de una larga lista de protegidas que mi tía había tomado a su servicio con el único fin de educarlas en la renuncia a los hombres, y que, por lo general, completaban su abjuración casándose con el panadero.