David Copperfield

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La estancia estaba tan limpia y reluciente como Janet y mi tía. Cuando, hace unos instantes, dejé la pluma sobre la mesa para pensar en ella, volví a sentir el soplo de la brisa marina entremezclada con el aroma de las flores. Y volví a contemplar sus muebles anticuados, pulidos y brillantes; la silla y la mesa que sólo mi tía tenía derecho a utilizar, detrás del abanico verde junto al ventanal; la alfombra con listas y flores de diversos colores, el gato, la funda de la tetera, los dos canarios, la vieja porcelana, la ponchera llena de pétalos de rosa secos, el gran armario donde se guardaban tarros y botellas y, desentonando de modo asombroso con el resto, mi sucia y polvorienta presencia en el sofá, tomando nota de todo.

Janet se había marchado a preparar el baño, cuando mi tía, con gran alarma por mi parte, enrojeció de ira y apenas tuvo voz para gritar:

–¡Janet! ¡Los burros!






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