David Copperfield
David Copperfield TodavÃa ignoro si mi tÃa tenÃa derecho de paso sobre aquella pequeña pradera, pero ella estaba convencida de que asà era, y con eso bastaba. El mayor ultraje que podÃan hacerle, y que exigÃa una venganza inmediata, era que pasara un burro por aquel espacio inmaculado. Cualquiera que fuese su ocupación, por muy interesante que resultara la conversación que estuviese teniendo, un burro era suficiente para alterar el curso de sus ideas y, sin pensarlo un instante, se lanzaba en su persecución. Guardaba en lugares secretos jarros de agua y regaderas, listos para ser derramados sobre los jóvenes ofensores; escondÃa palos detrás de las puertas; realizaba batidas a todas horas: era un estado de guerra permanente. Tal vez aquello era emocionante para los muchachos que los guiaban; o quizá los burros más inteligentes, conscientes de lo que ocurrÃa, se empeñaban –con su obstinación natural– en pasar por allÃ. Sólo sé que hubo tres alarmas antes de que el baño estuviera listo; y que en la última de todas, que fue la más temible, vi a mi tÃa atacar, ella sola, a un mocetón de quince años, y golpear su cabeza de cabellos trigueños contra la puerta del jardÃn, antes de que él pudiese comprender lo que sucedÃa. Esas interrupciones me parecÃan tanto más grotescas porque en aquellos momentos mi tÃa estaba dándome cucharadas de caldo (convencida de que estaba a punto de morir de inanición, por lo que sólo podÃa recibir alimentos en pequeñas dosis); y, cuando yo estaba con la boca abierta, dejaba la cuchara en el plato y gritaba: «¡Janet! ¡Los burros!». Y se lanzaba al asalto.