David Copperfield
David Copperfield Nada más despertarme, comimos pollo asado y un budÃn; yo sentado a la mesa, como si también fuera un ave espetada, moviendo los brazos con dificultad. Pero, como era mi tÃa la que me habÃa empaquetado de ese modo, no me atrevà a quejarme. Durante todo ese tiempo, estaba muy preocupado por saber qué pensaba hacer conmigo; pero ella comió en el más profundo silencio, aunque de vez en cuando clavaba sus ojos en mÃ, que estaba frente a ella, y exclamaba: «¡Que el Señor se apiade de nosotros!», lo que no paliaba en absoluto mi inquietud.
Una vez que retiraron el mantel y trajeron el jerez (también a mà me sirvieron un vaso), la señorita Betsey envió de nuevo a buscar al señor Dick, que se reunió con nosotros y asintió con la mayor seriedad cuando ella le pidió que escuchara mi relato. Respondà una tras otra a las preguntas de mi tÃa, contándoles, de ese modo, mi historia. Mientras yo hablaba, ella miraba fijamente al señor Dick, que, de lo contrario, creo que se hubiera dormido; y siempre que éste esbozaba una sonrisa, mi tÃa fruncÃa el ceño para llamarlo al orden.
–No puedo comprender por qué esa desdichada niña se casó de nuevo –exclamó la señorita Trotwood, cuando hube terminado.
–Tal vez se enamoró de su segundo marido –sugirió el señor Dick.
–¿Enamorarse? –preguntó mi tÃa–. ¿Qué quiere decir? ¿Qué necesidad tenÃa de hacerlo?