David Copperfield
David Copperfield –Quizá disfrutó con ello –respondió el señor Dick con sonrisa bobalicona, después de unos instantes de reflexión.
–¡Claro está! ¡Disfrutó con ello! –repitió la señorita Betsey–. Menuda felicidad para la pobre niña, entregar su corazón a un indeseable que, de un modo u otro, iba a maltratarla. Me gustarÃa saber qué pretendÃa. Ya habÃa tenido un marido. HabÃa visto morir a David Copperfield, que estuvo persiguiendo muñecas de porcelana desde que vino al mundo. TenÃa un hijo pequeño. Recuerdo que cuando este muchacho nació, un viernes por la noche, pensé que habÃa dos bebés en la casa… ¿Qué más podÃa desear?
El señor Dick me hizo un gesto con la cabeza, a escondidas, como si aquél fuera un razonamiento irrefutable.
–Ni siquiera pudo tener una niña como todo el mundo –afirmó mi tÃa–. ¿Dónde estaba Betsey Trotwood, la hermana de este muchacho? Nunca nació. ¡Calle, no me diga nada!
El señor Dick pareció muy asustado.
–Y aquel pequeño médico que caminaba con la cabeza ladeada –prosiguió mi tÃa–, Jellips o como se llamara, ¿qué hacÃa allÃ? Lo único que pudo decirme, con su aspecto de petirrojo… sÃ, eso es lo que era, fue: «¡Es un niño!». ¡Un niño! ¡Bah! ¡Menuda pandilla de necios!