David Copperfield

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Mis ojos, sin embargo, no eran tan fáciles de dominar como mi lengua, y se dirigieron muy a menudo hacia ella mientras desayunábamos. Lo cierto es que no podía contemplarla durante unos instantes sin que nuestras miradas se cruzaran; mi tía me observaba extrañamente pensativa, como si yo estuviera lejos de allí y no frente a ella, al otro lado de la mesita redonda. Cuando terminó de desayunar, se apoyó en el respaldo de su silla, frunciendo el ceño, cruzó los brazos y me examinó a su antojo, con tanta insistencia que me sentí terriblemente turbado. Como todavía no había acabado mi desayuno, traté de disimular mi confusión comiendo y bebiendo; pero mi cuchillo tropezaba con mi tenedor, mi tenedor chocaba con mi cuchillo, y en lugar de cortar los trozos de tocino para llevármelos a la boca, éstos saltaban por los aires a una altura prodigiosa, y me atragantaba con el té, que insistía en bajar por donde no debía; hasta que dejé de intentarlo, y me sentí enrojecer bajo el severo escrutinio de la señorita Betsey.

–¡Hola! –exclamó mi tía, al cabo de mucho tiempo.

Levanté la vista y contemplé sus expresivos ojos con respeto.

–Le he escrito –dijo ella.

–¿A…?


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