David Copperfield

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Al escuchar sus palabras, perdí toda esperanza y me sentí sumamente triste y abatido. Mi tía pareció olvidarse de mí, se colocó un sencillo delantal con peto, que sacó del armario, y lavó las tazas de té con sus propias manos; una vez limpias y recogidas sobre la bandeja, dobló el mantel, lo colocó encima y llamó a Janet para que se lo llevara todo. Después de ponerse unos guantes, barrió las migajas con una pequeña escoba, hasta que no quedó ni la más microscópica partícula en la alfombra; luego desempolvó y ordenó la habitación, que no podía estar más reluciente. Una vez realizadas esas tareas a su entera satisfacción, se quitó el delantal y los guantes, los dobló y volvió a guardarlos en el mismo rincón del armario del que los había sacado, llevó el costurero a su mesa junto a la ventana abierta y se sentó con sus labores, con el abanico verde entre ella y la luz.

–Me gustaría que subieras al piso de arriba –dijo mi tía, mientras enhebraba la aguja– y saludaras de mi parte al señor Dick; me agradaría saber qué tal va su memorial.

Me apresuré a levantarme para cumplir el encargo.

–Supongo –prosiguió la señorita Betsey, mirándome tan fijamente como a la aguja que acababa de enhebrar– que señor Dick te parece un nombre muy corto, ¿no?

–Eso pensé ayer –confesé.


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