David Copperfield

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Si hubiera podido imaginar que mi tía me contaba todos esos detalles para que me sirvieran de lección, o como muestra de confianza, me habría sentido muy halagado y lo habría considerado un buen augurio. Pero me di cuenta de que se había lanzado a dar aquellas explicaciones porque las tenía muy presentes en su imaginación, y si se había dirigido a mí era porque no tenía otro interlocutor.

Asimismo, debo decir que la generosidad con que defendía al pobre e inofensivo señor Dick no sólo me hizo concebir alguna esperanza egoísta en lo que a mí se refería, sino que me despertó un sentimiento desinteresado de afecto por ella. Creo que empecé a comprender que, a pesar de sus numerosos caprichos y excentricidades, mi tía tenía algo especial que la hacía merecedora de respeto y de confianza. Aunque aquel día estuvo tan seria como el anterior, y no dejó de entrar y salir para vigilar los burros, y fue presa de la ira cuando un joven que pasaba por allí miró con ojos tiernos a Janet, que estaba en una ventana (y ése era uno de los peores delitos que podían cometerse contra la dignidad de mi tía), sentí cómo crecía mi respeto por ella, aunque mi temor siguiera siendo el mismo.




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