David Copperfield
David Copperfield Mi tía se mostraba un poco más autoritaria y severa de lo habitual, pero no advertí ningún otro indicio de que se preparara para recibir la visita de quien tanto temor me inspiraba. Se sentó con sus labores delante de la ventana, y yo tomé asiento junto a ella, mientras mi imaginación se desbocaba pensando en todas las consecuencias posibles e imposibles de la visita del señor Murdstone. Estuvimos así hasta bien entrada la tarde. La comida se había retrasado indefinidamente; pero, al percatarse de la hora que era, la señorita Betsey había ordenado que la preparasen, cuando, de pronto, dio la alarma de los burros, y yo contemplé con asombro y consternación cómo la señorita Murdstone, montada en una silla de amazona, dirigía deliberadamente su jumento hacia la parcela sagrada de césped y se detenía delante de la casa, mirando a un lado y a otro.
–¡Fuera de ahí! –gritó mi tía, asomando la cabeza y agitando el puño por la ventana–. No se le ha perdido nada en este lugar. ¿Cómo se atreve a entrar en propiedad ajena? ¡Fuera! ¡Menuda desvergüenza!