David Copperfield
David Copperfield Y pude ver, escondido detrás de mi tÃa, una escena del combate en el que el burro oponÃa resistencia a todo el mundo, con sus cuatro patas sólidamente plantadas en el suelo, mientras Janet tiraba de las riendas, el señor Murdstone trataba de obligarle a avanzar, la señorita Murdstone golpeaba a Janet con una sombrilla y varios muchachos, que habÃan corrido a presenciar la refriega, gritaban alborozados. Pero mi tÃa no tardó en reconocer entre ellos al pequeño malhechor que cuidaba del asno, y que era uno de sus más inveterados enemigos –aunque no debÃa de tener ni trece años– y, precipitándose al campo de batalla, se abalanzó sobre él y lo convirtió en su prisionero. Lo arrastró hasta el jardÃn, con la chaqueta por encima de la cabeza, dejando el surco de sus talones en el suelo, y, mientras ella lo mantenÃa a raya, ordenó a Janet que llamara a los guardias y a los jueces para que se lo llevaran, lo juzgaran y lo ejecutaran en el acto. Aquella situación, sin embargo, no duró mucho, pues el pequeño granuja, que conocÃa toda clase de trucos y estratagemas que mi tÃa no habÃa oÃdo siquiera mencionar, se escapó en seguida dando un alarido, dejando las huellas profundas de los clavos de sus botas en los macizos de flores y alejándose victorioso con su burro.