David Copperfield
David Copperfield La señorita Murdstone habÃa aprovechado esta última parte de la lucha para desmontar; y esperaba al pie de los escalones, en compañÃa de su hermano, a que la señorita Betsey estuviera en disposición de recibirlos. Mi tÃa, algo agitada por el combate, pasó junto a ellos y entró en la casa con gran dignidad, sin darse por enterada de su presencia hasta que Janet los anunció.
–¿Quiere que me vaya, tÃa? –pregunté, temblando.
–No, señor –respondió ella–. ¡Por supuesto que no!
Y, después de decir estas palabras, me empujó hasta un rincón, a su lado, y me parapetó tras una silla, como si estuviera en una prisión o en el banquillo de un tribunal de justicia. Continué en ese lugar hasta el final de la entrevista, y desde allà vi al señor y a la señorita Murdstone entrar en la sala.
–¡Oh! –exclamó mi tÃa–. Al principio no sabÃa contra quién tenÃa el placer de protestar. Pero no permito que ningún burro pise mi césped. Y no hago excepciones. Es algo que no tolero a nadie.
–Su regla resulta bastante molesta para los forasteros –afirmó la señorita Murdstone.
–¿De veras?
El señor Murdstone pareció temeroso de reanudar las hostilidades y decidió intervenir:
–¡Señorita Trotwood!